André Gide concibió este libro “al modo de los antiguos trípticos” – una pintura, como lo llama el propio autor, o un poema. Podría incluso decirse una profecía, por aquello de que los poetas son un poco profetas. Porque Gide, que escribió El regreso del hijo pródigo “para su alegría secreta” no sospechaba que se anticipaba al actual éxodo de los hijos no pródigos. El hijo de esta parábola regresa, pero ayuda al hermano menor a marchar a su vez para que, él al menos, no vuelva: “¡Vamos! Bésame, hermano mío: llevas contigo mis esperanzas. Sé fuerte. Olvídanos, olvídame. ¡Si puedes no regresar!...”
El regreso del hijo pródigo fue publicado en
Francia por primera vez en “Vers et Proses” (marzo-mayo de 1907). Quedó allí
sepultado hasta que lo resucitaron en forma de libro en 1948, precedido de
“otros cinco tratados”. Nos sorprende que lo que el mismo autor llama una
pintura sea considerado como un tratado, pero suponemos que esta clasificación
simple se debe sobre todo al hecho de no saber cómo ni dónde colocar ciertas
obras: por su contenido, por su lenguaje y/o por su extensión.
André Gide tiene una obra
abundante y un Premio Nobel. Es uno de los personajes más peculiares y
retorcidos de la literatura francesa contemporánea. La sinceridad y la lucidez
de su Journal escandalizan aún a más de un puritano. Es también un
hombre contradictorio y toda su obra se debate entre la sensualidad y el
ascetismo. En El regreso del hijo pródigo creemos que vence la
sensualidad.
Nació en 1869 en París, ciudad donde murió en 1957. Su obra refleja todas las contradicciones de la ética y la estética contemporáneas. Tras unos inicios poéticos enraizados en el simbolismo, publica en 1897 Los alimentos terrestres, un decidido ajuste de cuentas con el puritanismo familiar y una exaltación de todos los goces carnales. A ella seguirán obras como El inmoralista (1902), Los sótanos del Vaticano (1914), Los monederos falsos (1925) o el celebérrimo Diario. Decepcionado por la impronta que el capitalismo imponía a las colonias, pero también por el curso que tomó la URSS en los años treinta (y que describió en sus famosos libros de viaje por África y la Unión Soviética), André Gide fue adoptando hacia el final de su vida una actitud de corte goethiano cuyo olímpico desdén no dejó de granjearle la crítica de autores más comprometidos. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1947.