Versión íntegra de la entrevista que me hizo Francisco Javier Irazoki
“Los grandes crímenes de la humanidad no tienen una base irracional”
Desde sus tiempos de melenudo que fundó el grupo surrealista CLOC, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha mantenido el empeño de depurar el ingenio en la precisión. La lengua de madera y la oscuridad expresiva le parecen fraudes o simplificaciones. Es un escritor que no descansa en la superficie de los textos. Acerca la lupa y examina los comportamientos menos luminosos. Aquí dialogamos sobre La gran Marivián (Tusquets), tercera y última novela para retratar un país, Antíbula, que termina bajo la dictadura colectivista. También hablamos sobre los compromisos del autor y de qué guías ha aprendido. Antes del diálogo, una carta transparente encima de la mesa. Aramburu se dedica a escribir libros porque tiene una mente compleja, pero el trato durante más de treinta años me permite cazarlo con la red de sólo tres palabras que lo definen: la bondad divertida.

(La trilogía de Antíbula: 1. Los ojos vacíos)
- Con La gran Marivián acaba la trilogía de novelas que se desarrollan en Antíbula, país que inventó. ¿Cuáles son las similitudes y diferencias de Antíbula con respecto a Yoknapatawpha de William Faulkner o Comala de Juan Rulfo?
-Sólo soy uno de tantos escritores a los que se les ocurrió un lugar imaginario en el que colocar un populoso elenco de personajes; pero hay una diferencia notable entre mi modesta Antíbula y esos célebres mundos narrativos y otros (Macondo, Celama). Y es que todos ellos son fácilmente localizables en países que no necesitan de la literatura para existir. Esto vale asimismo para el caso de Rulfo, aunque Comala sea un pueblo de muertos. Comala está en México. Punto. Antíbula, en cambio, es un espacio geográfico de naturaleza exclusivamente literaria, por más que haya sido concebido de forma que permita el realismo. Un realismo sui géneris que finge la descripción veraz de una realidad inventada, la cual podría estar ahí al lado.
- Si Antíbula cierra las puertas, ¿desaparecerá el chestoberol? ¿Qué simboliza esa hojalata esférica con cadena?
-No habrá más novelas de Antíbula, al menos escritas por mí. El ciclo está acabado y es ahora cuando quizá se pueda entender mejor el proyecto general. Tres novelas me parecen un recipiente adecuado para encerrar todas aquellas peculiaridades de fauna, flora, gastronomía, topónimos y demás. De todos los objetos inventados, el chestoberol es el que lo tiene más fácil para granjearse una pequeña presencia en la realidad. Tengo un Aleph, pero no funciona. Y un yelmo de Mambrino de papel de plata, pero no da el pego. En cambio, funcionó muy bien el ingreso del chestoberol en nuestro mundo físico. Confeccioné tres ejemplares con bolas de cobre de las antiguas cisternas de retrete, y de vez en cuando los llevo a mis charlas y presentaciones de libros. ¿Qué sentido práctico tiene el chestoberol? Seré breve: ninguno. No obstante, yo creo que haría un decoroso papel como accesorio de moda y no descarto la posibilidad de que, dentro de doscientos catorce años, un chino adinerado y caprichoso adquiera uno de ellos en una reñida subasta de Sotheby´s. Lo que me voy a reír en la tumba.

(La trilogía de Antíbula: 2. La gran Marivián)
- Una mujer es la protagonista de la novela. ¿Plasmar la psicología femenina supuso otro reto creativo?
-Plasmar la psicología femenina es imposible puesto que cada mujer tiene la suya. En el caso de Marivián, actriz de fama, de escándalos, éxitos e infortunios, desvelar su personalidad, sus secretos, sus zonas oscuras, constituye uno de los objetivos principales de la novela. El problema es que, al comenzar el relato, ella ya no vive. En ningún pasaje actúa directamente. Son siempre otros quienes la definen, a menudo mediante testimonios contradictorios. Por tanto, Marivián consiste en lo que de ella afirman numerosas y diferentes versiones, no pocas veces sesgadas. Marivián es un molde de persona que los demás llenan y es posible que a los lectores no les quede otro remedio que hacer lo mismo. Unos la ven como un mito, otros como un demonio. Estos la adoran, aquellos la aborrecen y casi todos la manipulan de acuerdo con sus propios deseos, convicciones, intereses. Ese desfavorable destino, ser lo que decidan otros, les ha tocado soportar a incontables mujeres en el curso de la Historia.
- Continúa cambiando de registros literarios. ¿Por búsqueda? ¿Porque considera que el estilo definitivo significa la muerte del artista?
-Lo hago porque no he superado el gusto infantil del cambio, el juego, la exploración. Y porque el reto que conlleva adentrarse en terreno desconocido estimula mi destartalada inventiva. Y porque profeso una ilusión musical del trabajo literario y me produciría una lenta y maciza fatiga repetir la misma nota en cada libro. Dicho esto, creo que la razón principal de esa búsqueda ininterrumpida de soluciones formales es que desconfío de mí. Cuando una cosa me resulta fácil empiezo a sospechar que estoy haciendo trampa.

(La trilogía de Antíbula: 3. Bami sin sombra)
- ¿Las obras de Albert Camus son para usted guías literarias o morales?
-Camus fue para mí la vacuna que me salvó de la propensión al extremismo. Con él aprendí a juzgar las ideas por sus repercusiones. Me enseñó a darle una orientación constructiva a la rebeldía y a no perder nunca de vista, en cada acción, en cada pensamiento que uno lanza al mundo, al ser humano particular. Como consecuencia de ello, perdí todo interés, no digamos aprecio, por las razones cuyo cumplimiento causa víctimas. Siento un recelo instintivo por la gente que pretende arreglar el mundo a tiros y esto se lo debo en buena parte a Camus, que me abrió los ojos a la vulnerable edad de 18 o 19 años.
- Vive en Hannóver, donde nació Hannah Arendt. ¿Se identificó con Arendt y su concepto de la trivialización del mal al escribir los libros Los peces de la amargura y Años lentos?
-Sí. He tratado de sacar provecho de las enseñanzas de Hannah Arendt y de quienes han explicado con perspicacia que los grandes crímenes de la humanidad no tienen una base irracional. No son obra de locos, sino que obedecen a la propaganda, la organización y el cálculo. Después del siglo XX ya no hay excusa para ignorar que las certidumbres de unos pueden ser altamente nocivas para la salud de otros y que cualquier chico majo, amante de la naturaleza y ciclista de fin de semana puede, ofuscado por una causa, dedicarse a asesinar congéneres con eficacia. Esa misma causa desactiva la culpa moral. No sólo justifica el crimen, lo exige, aunque el colocabombas y el pistolero le den otro nombre. De ahí que no haya cinismo alguno en el homenaje a los terroristas. Lo que hay es mucho peor: es la convicción racional de que se actuó conforme a la teoría, el programa, el ideal absoluto. En suma, que se hizo lo que se hizo (o sea, matar) por una buena causa. El mal, pues, es anterior al activista armado. Empieza con quienes dan estructura organizativa al crimen, lo jalean y le dan cobertura intelectual.
- ¿Opina que el compromiso social del escritor está desgastado? ¿Es compatible con la libertad artística?
-Yo creo que hemos vivido holgadamente en las últimas décadas y nos volvimos desenfadados, triviales, juguetones. Pero ahora que hay problemas graves y una creciente desesperación social, inevitablemente la literatura y el arte en general regresarán a las fórmulas solidarias y de protesta. Uno no pierde su libertad porque decida esto o lo otro. Lo habitual es que uno no sea libre porque se lo impiden.
- ¿De qué errores literarios nos aleja el humor?
-Del peor de todos : la solemnidad.
- Pero ha dicho que no le interesan los poemas satíricos de Quevedo…
-No he ocultado nunca que a mí una parte de la obra de Quevedo me repugna. Quizá me habría repugnado menos si el escritor hubiera tenido el coraje de mofarse alguna vez de sí mismo. A mí me parece triste esforzar el ingenio para reírse cruelmente de las viejas, los cheposos, los negros, los desdentados, etc. Pero es que, además, esos textos satíricos, para lucir su brillo de una calidad humana ínfima, piden de mí, cuando los leo, una complicidad en la burla y en la maldad que yo, aunque sea un don nadie, no les concedo.
- Empezó publicando versos y recientemente ha escrito un conjunto de poemas en prosa aún inédito. ¿De qué manera la poesía determina su narrativa?
-Tengo la sensación de que dentro de mí hay una guerra creativa entre dos bandos inconciliables: el humor con que parodio a los hombres y sus asuntos, y la poesía que me induce a tratarlos con ternura y algo de música verbal. No importa quién gane cada batalla ni si lo hace en prosa o en verso. Lo importante es que dicha contienda se resuelva de forma productiva. Los amigos ya están cansados de decirme que me equivoco, que el humor y la poesía no son agua y aceite, y yo contraataco replicándoles que lo peor, cuando uno se entrega a una actividad creativa, no es estar equivocado, sino padecer esterilidad.
(Entrevista publicada con algunas supresiones en Babelia el 25 de mayo de 2013)























