Viernes, mayo 11, 2012

Bienvenido a México

A nivel de cielo, se vuela mucho. Introduje mi persona en un enorme autobús con alas de KLM (Kagüen La Mar), que arrancó puntual en Amsterdam. Medí el tiempo que me costó cruzar el puesto de aduana en el aeropuerto: 22 segundos. Ya en el cacharro vi con desesperación afluencia de criaturas. Amo la infancia cuando no gime. Así y todo la peor compañía me tocó justo delante, una alemana juvenil que bajó el respaldo del asiento desde el principio y no para dormir, sino para estrecharme el hábitat durante once horas y media. Casi no me quedaba espacio para el ordenadorcito. Le declaré una guerra silenciosa. No durmió. Me dediqué a entrar y salir con poderosas sacudidas de su asiento que la conmovían y la despertaban. Con esas pequeñas putaditas me resarcí. Una vez que se fue al baño le puse el respaldo vertical, pero captó. Conque seguí obsequiándola con terremotos y turbulencias.

Los críos apenas lloraban. Sólo uno, pero poco: hora y media o así, cuando sobrevolábamos Groenlandia. Tenía yo la esperanza de que él y su familia se bajasen allí, pero no hubo parada. Vine, con todo, intelectualmente activo. Al final le cogí el tranquillo al juego del minigolf, en la pantalla del respaldo anterior, que me rozaba la nariz por las razones antedichas.

La noche venía pisándonos el alerón. Le ganamos. Nada más aterrizar en México DF una de las criaturas le vomita a la madre encima. Se expande sin demora el vinagrillo por el aire hiperrespirado del avión. Al salir miré el asiento. Si me toca a la vuelta me quedo en tierra y me meto monja.

Total, que se apea del trasto monstruoso la masa viajera, soñolienta, ojerosa, arrugada, y zas, nos topamos al final de un pasillo con una puerta de apertura automática que no funcionaba. Atasco humano. Lentitud de las miradas. Resignación. A los quince minutos se abre y en torpe y cansino río corporal damos en unas rebañescas colas de recién llegados que esperan someterse al trance del control de pasaportes. Medí el tiempo que me costó pasar el puesto: una hora y veintitrés minutos. Lloraban críos. Se doblaban vejetes. La gente tenía como un nimbo de resignación. Seis agentes frente a unas mil quinientas personas venidas de lejos en, calculo yo, cuatro o cinco aviones semisimultáneos. El agente, majo, de sosegado lenguaje, de hospitalaria expresión.

En la calle ya estaba la noche.

Fecha de entrada: Viernes, mayo 11, 2012 @ 9:59
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Una respuesta a “Bienvenido a México”

  1. Paco Says:

    Agradable viaje por lo que veo (o leo)…
    Espero que durante la estancia allí sea diferente.
    Saludos.