Sábado, mayo 19, 2012

Impresiones fotográficas de Ciudad de México

Esta cara me suena.

¿Qué tal un papa en la sala de estar?

Para todo hay solución.

En espera de trabajo.Señor profesor, ¿cómo se dice: mi madre es buena o mi madre está buena?

 

¡Qué cruz!

“Limpia de aura; atrae salud, amor, abundancia, sabiduría; retira estress (sic), dolores, agotamiento, envidia, reumas, ignorancia; activa tu mente gratis”. Literal.

El maguey.

No hay nada como un milagro contra el dolor de muelas.

Gran país, gran gente. Los voy a echar de menos.

Viernes, mayo 18, 2012

De cuerpo presente

Ayer presentamos lentamente Años lentos en el Ateneo Español, adonde llegué mortificado de remordimientos por causa del retraso que nos impuso un atasco. En realidad no fue un atasco, sino la situación habitual de tránsito en la Ciudad de México. Es admirable el funcionamiento de esta inmensidad humana. Se percibe una especie de orden basado en la resignación y en la costumbre con los contratiempos. Se oyen, sí, cláxones desesperados, pero muy pocos. Por allí iba una ambulancia silenciosa, no sé yo si transportando apaciblemente a un moribundo. Nadie cede el paso a nadie hasta que no queda más remedio. Y todo, sin embargo, fluye. Fluye lento, pero fluye.

Llegamos como unos diez minutos tarde al lugar del acto. Por tanto, llegamos de los primeros. Carmen, la directora del Ateneo, aprovechó para enseñarme cuadros de las paredes y la biblioteca, cuyo olor me gustó. Olor familiar de libros entrados en años. Había una bandera republicana. Flotaba en al aire un como silencio de voces del exilio español.

Pedí y obtuve vino, because estaba más cansado que el burro de una noria. Para despejarme. No debí. Descontroléme. Me desolemnicé en exceso. Me flanquearon hembras a la mesa. Estaba, pues, como  en casa. Es que congenio con el rebaño cuando es bello y huele bien. A la diestra, Rocío Arnal, chileno-gallega, saludó y eso; a la siniestra, Anamari Gomís, que vino preparada con papeles y sonrisas, muy puesta en ciencia literaria. Y empezamos ante poco público, pero al final la sala estaba llena.

Gloriosa la entrada en pleno acto de un señor con gafas de culo de vaso, camiseta de la selección nacional de México y rostro moreno de antiguos soles americanos. Le habían dicho que su apellido, Mondragón, era vasco y quiso hermanarse. Habló de sí. Me enternecieron sus preguntas. Ninguna tenía que ver con los temas allí tratados.

En primera fila, señora de rosa. También el pelo, me parece. No la miré mucho porque escrutaba hostil o, por lo menos, severa.. Se sacrificó por entonar la nota adusta, contestaria y tal. Le puse cada vez que intervino unos trapitos verbales, mojados en vino, y entró brava a todos ellos. Menospreció a Carlos Fuentes. Me llevó al río sin agua de la pregunta legendaria: ¿Qué es la inspiración? Antes que yo pudiera abrir el pico, me adelantó la dos o tres respuestas que conocía y que no estaba dispuesta a tolerarme. Tomé otro sorbo de vino. Le hice unos pases de muleta verbal. Un poco más y va el estoque.

Y bien, muy bien. Quizá pequé de juguetón, pero cuando se tocaron dolores ajenos respeté la sombra de los hombres y cuando nos inclinamos a platicar de literatura dije cositas que habrían emocionado a mi madre.

En esto, me pareció que Anamari trataba de abofetearme, pero no. Era un mosquito interesado en asuntos literarios. Se me estaba viniendo a la oreja el muy educado como para señalarme un error cometido o sugerirme un tema. Ya no regresó. ¡Cómo iba a regresar si lo trataron como a latinoamericano en el aeropuerto de Barajas! Luego hay quien se queja de que la gente no lea más.

Acabamos y nos fuimos, acostéme pronto y sucedió lo que tanto temía: ¡Ha resucitado Goicoechea!

Jueves, mayo 17, 2012

Día de luto en México

Hoy es día de luto en México. Ha muerto Goicoechea. Lo maté anoche. Sí, maté a Goico de un aplauso. Aplaudí y murió. No hay nadie para llorarlo, pobre, y yo no lloro a mosquitos. Se me insolentó. Se me vino demasiado cerca a la cara. Va y viene con el jodido zumbidito. No me picó, eso no. Pero como si. He matado a Goicoechea. Ya es tarde para remediarlo. Que no me vengan sus parientes a tomar venganza al hotel porque me traigo yo a los míos. Se ha muerto aplaudido entre mis manos, pues ya qué se le va a hacer. Ándele al cielo de los bichos. Si quiere me pico yo a mí mismo, pero, claro, no es igual. Pobre México, se le mueren los escritores y los mosquitos.

Goicoechea en sus tiempos de la universidad

Ha sido, por lo demás, un día colmado de entrevistas. De vuelta al hotel, derrengado, obtuso, visperomatinal y dianocturno de alma y cuerpo, me dirige, saludante, el recepcionista la palabra y yo, que venía entrevistado hasta la médula, va y le respondo: Mi novela pretende… Huy, perdone, buenas noches.

Por la tarde, antes que se me olvide, no sé cómo, en un bar, me da por vaciar la vejiga, que es una costumbre que yo practico de vez en cuando, tanto fuera como dentro de casa. Acá llaman sanitarios a lo que otros servicios, retrete, baño. Y no se me ocurre otra idea que mexicanizar el habla para no llamar demasiado la atención y le pregunto con astuto instinto a un mesero que dónde están los sanatorios. Ya he visto en la risa del cortés empleado que me pasé nomás de mexicano hasta caer de espaldas en el Pacífico. La culpa, en todo caso, es de quien inventó el ridículo.

Por la noche responderé a las preguntas que me formule la almohada. Mi novela, etc., y así hasta el amanecer para empezar de nuevo.

Seguimos sin terremoto. Tendré que menearme solito.

Miércoles, mayo 16, 2012

Lugares de Ciudad de México

La noticia del día en DF ha sido el fallecimiento de Carlos Fuentes. En una emisora de radio me han preguntado qué opino de su muerte. Al pronto me he quedado un tanto perplejo. ¿Qué digo al respecto? He solicitado permiso para opinar sobre el escritor y su obra, no sobre su final. Según he sabido, ha muerto bien (hemorragia interna).  O sea, rápido, sin dolor, sin agonía. Se había bañado en su casa, perdió el sentido, lo hospitalizaron, adiós. Los locutores, a micrófono cerrado, se traían ciertas risas. Uno de ellos ha afirmado que la viuda estaba muy guapa.

Los mexicanos y la muerte mantienen un vínculo de difícil comprensión para los que somos de otra parte. Estuve con Verónica y Adolfo, de Tusquets, excelentes guías, en el Mercado Artesanal de la Ciudadela. Para resumir, una gozada. En serio. ¡Qué sitio más curioso! Es como un dédalo de puestos de productos de artesanía de lo más variado. Había calaveras pintadas (calacas) a buen precio, así como una enorme variedad de esqueletos vestidos. La muerte divertida, sonriente, abigarrada. Había bisutería para dar y tomar, figuritas de todo tipo, objetos de plata, rebozos, manteles (caminos de mesa), camisetas con frases estampadas de dudoso patriotismo; en fin, de todo y más. Me ha sorprendido la manera de fijar los precios. He comprado dos imanes (para la puerta de la nevera) después de preguntar cuánto costaban. Me dan una cifra. Acepto. No estoy yo aquí con ganas de regateos y mandangas. Voy a pagar y la vendedora, por su cuenta, va y me rebaja el precio. Me han dado tentaciones de negociar en mi contra. En todas partes rebajan. No hace falta insistir.

 

Después nos hemos desplazado en coche a la plaza de Tlatelolco, donde el ejército, desde las azoteas, mató a tiros en el 68 (el año de los juegos olímpicos de México) a numerosos manifestantes. Ni siquiera se sabe a cuántos. Me cuentan que al día siguiente metieron los cadáveres en caminones y los arrojaron al mar. A pesar de los años transcurridos, produce (a mí al menos) escalofrío pisar el suelo de la plaza.

Antes de

Después de

Esta tarde

No olvidemos.

Martes, mayo 15, 2012

Esperando a un terremoto

El día entero lo pasé platicando con lugareños. La literatura, la historia, esas cosas. El trato que le dispensan a uno en todas partes es de tal hospitalidad que me reconcilia con el género humano. Cada vez que un mexicano me dirige la palabra con maneras afables y un cuidado exquisito de las formas lingüísticas, me produce una punzada de vergüenza después que más de uno me haya contado episodios de chulería policial padecidos en España, particularmente en los puestos de control del aeropuerto de Barajas.

Tradicional acogida a visitantes latinoamericanos por parte de la policía española

Hoy hubo condumio argentinesco con la gente de Tusquets México, ahí cerca nomás, y como el tiempo estaba agradable tomamos asiento en la calle. Pregunté por terremotos y aprendí que los hay trepidantes y oscilatorios. Los unos se aguantan bien, los otros te rajan o derriban la casa. No es que quiera presenciar, sentir, disfrutar un terremoto devastador, pero, vamos a decir, si me pusieran uno de juguete para probar no estaría nada mal.

Se habló también, durante el almuerzo, de inseguridad en las calles y balaceras, trataron de tranquilizarme y fue peor. Mejor no salgo de noche ni a la esquina de la calle. Menos mal que no traje la perra y estoy libre de sacarla a echar la última meadilla en la oscuridad. Dicen que la mala fama no se corresponde a la realidad del país. Yo así lo creo. Una vez, en Alemania, de broma, pero me jodió igual, cierta persona, al conocer mi origen vasco, me preguntó si llevaba una bomba encima.

No he podido ver gran cosa de la ciudad. Tres calles, un niño, un camión de chatarreros solicitando a gritos fierros viejos a la vecindad. Me han prometido unos ratos de ocio de aquí al sábado; pero lo cierto es que, estudiada la agenda de promoción que me han preparado, no voy a poder ver la torre Eiffel o lo que haya.

 

Lunes, mayo 14, 2012

En DF con Verónica, Cioran y Goicoechea

Pues nada, que llego en avión de hélice (rrrrrr) a DF, salgo vibrando y no hay banda de música, que no esperaba, ni taxista, que sí. Llevo pegada a las meninges esa maldita manía germánica de la puntualidad. ¿Qué hago? Digo: hasta menos cuarto y te piras. Por si acaso, y acordándome de un aviso en la pared, pregunto a un uniforme si los taxis blancos que hay allí a la derecha de la izquierda y viceversa son legales. Que sí. Ya estoy para acabar la subasta. Tres, dos… y aparece el taxista apalabrado. Ay, qué a pecho se toman algunos la relatividad del tiempo.

Almuerzo glorioso con Verónica Flores, que dirige Tusquets México. Maneja su carro rojo, jugando al golf con los incontables baches. Los pillas todos. Me cuenta que hay 25 millones de habitantes censados. Hago cálculos: Madrid entero apenas daría para un barrio. O sea, que si te roban la cartera mejor échate a llorar sin ayuda.

Verónica, antaño, de periodista becada en París, juventud, belleza y sonrisa (todo bien conservado hasta la fecha), un día antes de volver a casa le puso coraje y se presentó en casa de Cioran, al que veneraba. Me imagino la escena, a fin de cuentas así conocí yo a la costilla sin ser filósofo ni apenas poeta. Me imagino a Cioran junando por la mirilla y viendo el milagro. ¡Cómo no iba a abrir! Pues le dedicó dos horas de sinceridad y le estampó un beso en la frente. Gran historia. Le pregunto a Verónica si el ensalzador del suicidio le ofreció algo de tomar/beber. Nada. Ni agua del grifo.

Me han estacionado en un hotel boutique (por el tamaño) pinturero, mono, como de juguete, situado en Condesa. Se llama The Red Tree House. Tiene un patio interior con cierto aire andaluz. Plantas, escaleras y, en lugar de una fuente, una sombrilla en el centro.

Habitación con suelo de losas y un camón como para seis sin rozarse, incluyendo dos obesos. Los de los bordes podrían comunicarse por teléfono. Tal es la distancia. Parece costumbre que haya cuatro almohadas en las camas de México, digo yo que por si le brotan a uno cabezas durante (en) la noche.

Casi logro no dormir mal. En esto, oigo de nuevo, disminuidas, asordinadas, las hélices de la mañana. O sea, un zumbidillo inquietante, cabronzuelo, hambriento, en la oscuridad. Se acerca y no hay duda. Tengo visita. Pasa de largo, pero vuelve. Un mosquito. No me gusta matar por matar. Le pongo Goicoechea. Parece listo. Enciendo la luz. Inconvenientes de alojarse en un hotel rojo: no veo al bicho estacionado en la pared. Entro unos minutos en Facebook, muerto de sueño, y otra vez al catre, ancho y largo como una pista de aeropuerto. Y venga con Goico. Palmeo en la oscuridad cuando lo siento cerca. Él calla. ¿Lo habré matado? Pasan los minutos. Otra vez el zumbidito nomás. Ándele, Goico, póngase a tiro, que ahorita lo mando al cielo de ustedes.

Pues me ha jodido la noche el cabrón del Goicoechea. Y total, que amanece y no me ha picado. Si no vas a cenar, ¿para qué vas al restaurante? Luego he pensado que como tengo sangre de europeo, sin chile, no soy de su gusto. Muy soso, dulzón. Un aguachirle que no hay dios que trague.

Sábado, mayo 12, 2012

Impresiones fotográficas de San Luis Potosí

El calor vacía la calle.

Lo contrario de bajo.

Para que no haya dudas.

En cada esquina un vendedor.

Para valientes.

Para sedientos.

Para zapatos.

Para los que no volverán.

Viernes, mayo 11, 2012

San Luis Potosí

San Luis Potosí, en el pecho de México, me ha recibido con sol potente y cielo azul. Ni sombra de la alergia primaveral, que este año, combatida con viajes, ha sido de las más suaves de las últimas décadas. San Luis debe su nombre a un rey francés y a la evocación de la plata boliviana. Hay que tener cuidado con el tráfico. Ni pasos de cebra ni cristo que la fundó. Aquí cada uno mira por sí y, si vas andando, más vale que mires.

He iniciado la ristra de actuaciones en público ante un auditorio juvenil, en la Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado. He pedido, rogado, suplicado vino para estimularme, pues la soñarrera del vuelo en avión me tiene zombi total. Por si acaso, les he dicho a los chavales que no soy alcohólico. Risas y así hasta el final. Todos ellos se preparan para maestros. Conque les he contado mi vida de docente en Alemania. Más risas, más vino.

Después el amigo Roberto Colis, encargado de pastorearme, me ha llevado a degustar comida mexicana. Para empezar, unas cervecitas (aquí lo diminutizan todo). De la carta no he entendido más que si estuvieran en eslovaco. Por fortuna he tenido traductor. Roberto ha pedido escamoles. O sea, huevas de hormiga. No para mí. Tampoco los gusanos esos del maguey. Angulas, pase. Pero orugas, lombrices y eso, no. Según Roberto, era una obligación moral (sic) que yo probase una hueva. Pues la he probado, sacada sin aspavientos de su plato. Bastante grandecita, por cierto. Sabía a eso, a hueva de hormiga. Y mi paladar, despistado con el jet lag y el condumio picoso, ni se ha enterado.

Para postre no había sitio en la panza. Sí para tequila (definitivamente el, no la, ya me lo han explicado, por el nombre de un pueblo que se llama igual) con limoncitos verdes y agrios y la sal. El famoso rito. Luego siesta, pero no mucha para ir acabando el desfase temporal.

Saludo a todos los hombres de buena fe.

Viernes, mayo 11, 2012

Bienvenido a México

A nivel de cielo, se vuela mucho. Introduje mi persona en un enorme autobús con alas de KLM (Kagüen La Mar), que arrancó puntual en Amsterdam. Medí el tiempo que me costó cruzar el puesto de aduana en el aeropuerto: 22 segundos. Ya en el cacharro vi con desesperación afluencia de criaturas. Amo la infancia cuando no gime. Así y todo la peor compañía me tocó justo delante, una alemana juvenil que bajó el respaldo del asiento desde el principio y no para dormir, sino para estrecharme el hábitat durante once horas y media. Casi no me quedaba espacio para el ordenadorcito. Le declaré una guerra silenciosa. No durmió. Me dediqué a entrar y salir con poderosas sacudidas de su asiento que la conmovían y la despertaban. Con esas pequeñas putaditas me resarcí. Una vez que se fue al baño le puse el respaldo vertical, pero captó. Conque seguí obsequiándola con terremotos y turbulencias.

Los críos apenas lloraban. Sólo uno, pero poco: hora y media o así, cuando sobrevolábamos Groenlandia. Tenía yo la esperanza de que él y su familia se bajasen allí, pero no hubo parada. Vine, con todo, intelectualmente activo. Al final le cogí el tranquillo al juego del minigolf, en la pantalla del respaldo anterior, que me rozaba la nariz por las razones antedichas.

La noche venía pisándonos el alerón. Le ganamos. Nada más aterrizar en México DF una de las criaturas le vomita a la madre encima. Se expande sin demora el vinagrillo por el aire hiperrespirado del avión. Al salir miré el asiento. Si me toca a la vuelta me quedo en tierra y me meto monja.

Total, que se apea del trasto monstruoso la masa viajera, soñolienta, ojerosa, arrugada, y zas, nos topamos al final de un pasillo con una puerta de apertura automática que no funcionaba. Atasco humano. Lentitud de las miradas. Resignación. A los quince minutos se abre y en torpe y cansino río corporal damos en unas rebañescas colas de recién llegados que esperan someterse al trance del control de pasaportes. Medí el tiempo que me costó pasar el puesto: una hora y veintitrés minutos. Lloraban críos. Se doblaban vejetes. La gente tenía como un nimbo de resignación. Seis agentes frente a unas mil quinientas personas venidas de lejos en, calculo yo, cuatro o cinco aviones semisimultáneos. El agente, majo, de sosegado lenguaje, de hospitalaria expresión.

En la calle ya estaba la noche.

Martes, mayo 8, 2012

Martes madrileño

Ayer se me helaba la calva en Madrid, hoy me sudan hasta los pensamientos. Cambio repentino de temperatura. Por la mañana, en la cuesta de Moyano, chispeaba. Le he oído a un tío decir sirimiri. He vuelto la cabeza como si me hubiera sacado de mí la voz de un amigo.

He picado tres Australes a buen precio. Había más, pero a mí no me gusta contribuir a que me roben. Además, joé, si cobras diez euros, por lo menos ofrece libros en buen estado. Todos cuarteados y pochos, oye. Había un Caprichos de Azorín por doce. La justificación en un papelito cutre: primera edición, año cuarenta y tantos. No me tira practicar la bibliofilia con volúmenes de bolsillo. Lo mío es nostalgia sin aditivos. He cargado con un Conde-Duque de Olivares de Gregorio Marañón, uno de romances antiguos seleccionados por Menéndez Pidal, que no es ningún botones de hotel a pesar de los apellidos, y el drama ese del Duque de Rivas, el de la fuerza del sino, ya sabéis.

A mediodía, jamada suntuosa en el casino, Alcalá 15, con ocasión de la entrega de premios de los Vargas Llosa NH, donde estuve de jurado. Gran nivel literario, ya lo he dicho en otra parte. En esto, todos sentados, entra Blanca (Berasátegui, esdrujulada), me tira un beso desde el otro lado de la mesa, rompe el protocolo y viene a sentarse a mi vera. Afecto y conversación, me ha alegrado la comida. Se me ha quedado además, toda la tarde, una como sombra de su perfume en la punta de la nariz.

Discursos, vino y, para empezar, un sopicaldo cremoso con dos tropiezos de bogavante que me han causado un calambre de felicidad. Luego más condumo artístico y al fin entrega de trofeos y eso. A Luisgé Martín, a quien conocía de leídas, por cuento inédito. A Gonzalo Calcedo, a quien lo mismo, por libro del 2011, y a Gonzalo Hidalgo Bayal, este ya amigo sin colorantes ni conservantes, por libro del 2012. He abrazado tanto que al final de la comida no me ha hecho falta ir al servicio a lavarme las manos.

¿Qué más? Menudo cachondeo a la salida con Jordi Gracia a costa del diagnóstico pesaroso de Vargas Llosa acerca de lo que él llama la cultura del espectáculo. Disentimos cariñosamente del maestro. Es como si alguien está toda la vida dándote unos pasteles de campeonato y un día te saca un cacho seco de chistorra. Así y todo, don Mario Vargas es un caballero y, dicho al estilo de la barra del bar, un tío generoso. Me ha rellenado a mano una tarjeta con la pregunta sobre la Luna. Coño, me faltaba un premio Nobel. Tengo varios Cervantes, pero no es lo mismo. No sé ni lo que me ha puesto. Agradecido, me he tirado a darle un abrazo con el que he terminado de limpiarme las yemas.