Pues nada, que llego en avión de hélice (rrrrrr) a DF, salgo vibrando y no hay banda de música, que no esperaba, ni taxista, que sí. Llevo pegada a las meninges esa maldita manía germánica de la puntualidad. ¿Qué hago? Digo: hasta menos cuarto y te piras. Por si acaso, y acordándome de un aviso en la pared, pregunto a un uniforme si los taxis blancos que hay allí a la derecha de la izquierda y viceversa son legales. Que sí. Ya estoy para acabar la subasta. Tres, dos… y aparece el taxista apalabrado. Ay, qué a pecho se toman algunos la relatividad del tiempo.
Almuerzo glorioso con Verónica Flores, que dirige Tusquets México. Maneja su carro rojo, jugando al golf con los incontables baches. Los pillas todos. Me cuenta que hay 25 millones de habitantes censados. Hago cálculos: Madrid entero apenas daría para un barrio. O sea, que si te roban la cartera mejor échate a llorar sin ayuda.
Verónica, antaño, de periodista becada en París, juventud, belleza y sonrisa (todo bien conservado hasta la fecha), un día antes de volver a casa le puso coraje y se presentó en casa de Cioran, al que veneraba. Me imagino la escena, a fin de cuentas así conocí yo a la costilla sin ser filósofo ni apenas poeta. Me imagino a Cioran junando por la mirilla y viendo el milagro. ¡Cómo no iba a abrir! Pues le dedicó dos horas de sinceridad y le estampó un beso en la frente. Gran historia. Le pregunto a Verónica si el ensalzador del suicidio le ofreció algo de tomar/beber. Nada. Ni agua del grifo.
Me han estacionado en un hotel boutique (por el tamaño) pinturero, mono, como de juguete, situado en Condesa. Se llama The Red Tree House. Tiene un patio interior con cierto aire andaluz. Plantas, escaleras y, en lugar de una fuente, una sombrilla en el centro.

Habitación con suelo de losas y un camón como para seis sin rozarse, incluyendo dos obesos. Los de los bordes podrían comunicarse por teléfono. Tal es la distancia. Parece costumbre que haya cuatro almohadas en las camas de México, digo yo que por si le brotan a uno cabezas durante (en) la noche.
Casi logro no dormir mal. En esto, oigo de nuevo, disminuidas, asordinadas, las hélices de la mañana. O sea, un zumbidillo inquietante, cabronzuelo, hambriento, en la oscuridad. Se acerca y no hay duda. Tengo visita. Pasa de largo, pero vuelve. Un mosquito. No me gusta matar por matar. Le pongo Goicoechea. Parece listo. Enciendo la luz. Inconvenientes de alojarse en un hotel rojo: no veo al bicho estacionado en la pared. Entro unos minutos en Facebook, muerto de sueño, y otra vez al catre, ancho y largo como una pista de aeropuerto. Y venga con Goico. Palmeo en la oscuridad cuando lo siento cerca. Él calla. ¿Lo habré matado? Pasan los minutos. Otra vez el zumbidito nomás. Ándele, Goico, póngase a tiro, que ahorita lo mando al cielo de ustedes.
Pues me ha jodido la noche el cabrón del Goicoechea. Y total, que amanece y no me ha picado. Si no vas a cenar, ¿para qué vas al restaurante? Luego he pensado que como tengo sangre de europeo, sin chile, no soy de su gusto. Muy soso, dulzón. Un aguachirle que no hay dios que trague.