Aceleré hacia el futuro, y fue como si el futuro, en
correspondencia, se precipitara también hacia nosotros. Y luego, en el silencio
de la madrugada, tumbado en la hierba fresca de una arboleda, recuerdo que se
veían entre el ramaje las estrellas, ya débiles y lejanas, y que entonces me
acordé de una cosa que me había contado mi socio René, y fue que una vez estuvo
en Santiago de Chile y que, en una placita, vio una noche a un viejo vestido
pobremente que tenía instalado un telescopio de latón, aún más viejo y pobre
que él, y un cartelito de cartón al lado donde ponía con mala letra: “Hoy,
Júpiter”.