El
comisario Kurt Wallander dio un bostezo en el despacho de la comisaría de
Ystad, pero lo hizo con tanto vigor que se produjo un tirón muscular en la
barbilla. El dolor fue terrible y para que se le soltase el músculo, empezó a
pegarse con los nudillos de la mano derecha contra la parte inferior de la
barbilla. Martinson, uno de los policías más jóvenes del distrito, entró en ese
momento en el despacho y se quedó atónito en la puerta ante aquel espectáculo:
Kurt Wallander seguía dándole al músculo para que el dolor desapareciese.
Martinson dio media vuelta para marcharse, pero Wallander le dijo:
–Entra.
¿Nunca te ha pasado algo así si bostezas muy fuerte?
–No, nunca
–respondió Martinson–. Tengo que reconocer que no sabía qué estabas haciendo.
–Pues
ahora ya lo sabes. ¿Qué querías?
Martinson
se sentó en una silla e hizo una mueca. Llevaba un bloc de notas en la mano.
–Acabamos
de recibir una llamada extraña hace unos minutos –empezó–. Quería consultarlo
contigo.
–Recibimos
llamadas extrañas todos los días, ¿no? –dijo sorprendido.
–Sí, pero
en este caso no sé qué pensar –continuó Martinson–. Un hombre, desde una cabina
telefónica, afirmaba que un bote con dos cadáveres estaba a punto de alcanzar
nuestra costa. No dio ningún nombre ni dijo quiénes eran los dos muertos. Luego
colgó.
Wallander
le miró extrañado.
–¿Eso es
todo? ¿Quién ha recibido la llamada?
–Yo. Ha
dicho exactamente lo que acabas de oír. De alguna manera parecía convincente.
–¿Convincente?
–Ya sabes,
con el tiempo adquieres cierta habilidad –contestó vacilante–. Enseguida sabes
si va en serio o no. Pero el que llamó parecía muy seguro de lo que decía.
–¿Dos
hombres muertos en un bote salvavidas? ¿A punto de alcanzar nuestra costa?
Martinson
asintió.
Wallander
ahogó otro bostezo y se recostó en la silla.
–¿Han dado
parte de algún naufragio? –preguntó.
–No.
–Avisa a
los otros distritos costeros y habla con los guardacostas –ordenó Wallander–.
No podemos empezar una investigación por una llamada anónima; tendremos que
esperar a ver lo que pasa.
Martinson
asintió, y se levantó de la silla.
–Estoy de
acuerdo –dijo–. De momento, vamos a esperar, y luego ya veremos.
–Esta
noche puede ser terrible –continuó Wallander haciendo señas hacia la ventana–.
con toda esta nieve.
–Yo, de
todos modos, me voy a casa ahora mismo –concluyó Martinson mirando el reloj–.
Nieve o no nieve.
Martinson salió del despacho y
Kurt Wallander se estiró en la silla. Notaba el cansancio. Había pasado dos
noches seguidas en vela por dos casos que no podían esperar a la mañana
siguiente. La primera noche dirigió la persecución de un presunto violador que
se había apostado en una de las casas de verano en Sandskogen. Como el hombre
estaba bajo los efectos de la droga y había sobrados indicios de que pudiese
estar armado, tuvieron que esperar hasta las cinco de la mañana, cuando por fin
se entregó voluntariamente. La noche siguiente despertaron a Wallander por un
homicidio que había tenido lugar en el centro de la ciudad. Una fiesta de
cumpleaños se salió de madre y acabó con la persona homenajeada, un hombre de
unos cuarenta años, con un cuchillo de cocina clavado en la sien.