Cómo me convertí en un estúpido

El bar era como mil otros bares: barra de cinc, botellas alineadas cual soldados de un ejército secreto, unas cuantas mesas y un antiguo juke-box. Y, sobre todo, esa amalgama de olores a tabaco, a café, a aguardiente y a productos de limpieza, que impregnaba los recuerdos.

Un hombre tocado con una gorra de golfillo, sentado ante la barra, había alineado once vasos y copas llenos de diferentes líquidos. Antoine comprendió que era un especialista. Indeciso, colocó los libros sobre la barra. El hombre no se dignó mirarle y apuró la primera copa. Remitiéndose a las fotos de su enciclopedia, Antoine dedujo cuáles eran los distintos alcoholes y los nombró señalándolos con el dedo:

—Oporto, ginebra, vino tinto, calvados, whisky coñac, cerveza rubia, Guiness, Bloody Mary, esto sin duda es champán. El vino tinto quizá sea burdeos y acaba usted de tomarse un pastís.

El hombre de la gorra se quedó mirando a Antoine con expresión recelosa. Luego, al ver el aspecto inofensivo de aquel joven de pelo alborotado, sonrió.

—No está mal —admitió—. Estás enterado, chaval. —Apuró de un sorbo el vaso de whisky.

—Gracias, señor.

—¿Qué eres, un fisonomista del alcohol? Es un arte original, aunque no tengo ni puta idea de para qué sirve. Por lo general, las botellas llevan etiqueta.

—No —contestó Antoine moviendo la cabeza y evitando discretamente el aliento cargado del hombre—. Leo libros sobre el alcohol para enterarme de las distintas elaboraciones, de los ingredientes que se utilizan… Quiero saberlo todo sobre el alcohol.

—¿Y eso de qué te va a servir? —espetó el hombre tras echarse al coleto el vaso de ginebra.

—Quiero ser un alcohólico.

El hombre cerró los ojos y apretó el vaso en la mano; los nudillos se le pusieron blancos y el cristal rechinó. Se oían los ruidos de la calle, coches, conversaciones animadas de comerciantes. Inspiró profundamente y espiró poco a poco. Abrió los ojos y le tendió la mano a Antoine. Sonreía de nuevo.

—Me llamo Léonard.

—Encantado. Yo me llamo Antoine.

Se estrecharon la mano. Léonard observaba a Antoine, intrigado y divertido. El apretón se prolongaba. Antoine acabó desasiéndose.

—Quieres ser un alcohólico… —murmuró Léonard—. Veinte años atrás, hubiera pensado que eras una alucinación, pero hace la tira que el alcohol no me ofrece más espejismo que la realidad. Quieres ser un alcohólico, y por eso vas con todos esos libros. Es lógico.

—Estos libros son para… No quiero ser un alcohólico de cualquier manera. Me interesan de verdad las distintas clases de alcohol, los aguardientes blancos, los licores, los vinos, ¡hay tal riqueza! He descubierto que el alcohol va ligado a la historia de la humanidad, y cuenta con más adeptos que el cristianismo, el budismo y el islam juntos. Estoy leyendo un apasionante ensayo de Raymond Dumay sobre el tema…

—Con tanta lectura, nunca serás un alcohólico —observó Léonard con flema—. Es una actividad que requiere cierta asiduidad, hay que dedicarle varias horas al día. Es una disciplina, como quien dice, olímpica. No te veo yo capacitado para eso, chaval.

—Escuche, no quisiera parecer inmodesto, pero… bueno, hablo arameo, he aprendido a reparar motores de aviones de caza de la primera guerra mundial, a recolectar miel, a cambiar los pañales del perro de mi vecina, y, cuando tenía quince años, pasé un mes de vacaciones en casa de mi tío Joseph y de mi tía Miranda. Así que, con su ayuda, me veo capaz de ser un alcohólico. Tengo voluntad.

—¿Con mi ayuda? —se sorprendió amablemente Léonard. Miró su copa de champán, subían burbujillas a la superficie, y soltó una risotada.

—Sí. Yo conozco la teoría, pero no tengo la menor práctica. Usted parece un especialista.

Antoine señaló la hilera de vasos y copas en la barra. Léonard aspiró el coñac y lo conservó en la boca unos instantes. Empezaban a encendérsele las mejillas. El dueño del bar frotó la barra con un trapo y se llevó los recipientes vacíos. Léonard frunció el ceño.

—¿Y quién te ha dicho a ti que tienes aptitudes para eso? ¿Te crees que uno se vuelve alcohólico así de buenas a primeras? ¿Que basta desearlo y tomarse unos tragos? La de gente que conozco que se ha pasado la vida bebiendo y en la vida ha conseguido ser alcohólica. No tenían predisposición para eso. ¿Y tú de entrada te crees que tienes el don? ¡Apareces por aquí tan tranquilo, y declaras que quieres ser un alcohólico, como si eso fuese un derecho! Deja que te diga una cosa, jovencito: quien elige es el alcohol, el alcohol decide si estás capacitado para ser un beodo.

Antoine se encogió de hombros, consternado: nunca había pretendido que aquello fuera fácil; además, por eso había a acudido a aquel bar a buscar un entrenador. Léonard había reaccionado con la desmesura que caracteriza a los viejos lobos de mar cuando un joven, inexperimentado e ingenuo, declara que quiere embarcarse. Como, de niño, había corrido por puertecillos bretones, era un sentimiento que Antoine conocía bien, y que comprendía: los artesanos se sienten orgullosos y celosos de su arte.

—No quería producir esa impresión, Léonard. Confieso mi ignorancia, y no sé si estoy capacitado para eso. Le pido que me acepte como alumno. Puede usted enseñarme.

—Está bien, muchacho, lo intentaré —contestó Léonard, halagado—, pero no puedo garantizarte nada. Si no tienes las cualidades necesarias… No todo el mundo puede ser alcohólico, de eso no cabe la menor duda, para eso se nace; es triste, pero así es la vida. Así que, si te quedas en puerto, no me lo eches en cara. Hay otros barcos.

—Entiendo.

Léonard dudó entre el Bloody Mary y la Guiness. Optó por la cerveza. Se le quedó pegada una pizca de espuma a los pelos grises de la barba, y se la restregó con la manga de su chaquetón azul marino.

—Bien. Tendré que hacerte unas preguntas. Una especie de examen previo.

—¿Una oposición?

—Mira, chaval, has de comprender que se requieren unas condiciones para el ejercicio del alcoholismo, la cosa es seria…

—Supongo que no hará falta un permiso —dijo Antoine sonriendo y encogiéndose de hombros.

—Pues sí que haría falta, mira por dónde. Hay personas que, como no aguantan el alcohol, les sacuden a la mujer y a los críos, conducen a lo loco y votan… Debería encargarse el Estado de formar a los alcohólicos, que conozcan sus límites, los cambios en su visión del tiempo y del espacio, de su personalidad. Pasa como con la natación, es mejor asegurarse de que uno sabe nadar antes de tirarse al agua.

—En este caso concreto—observó Antoine—, más bien se asegurará usted de si sé hundirme.

—Exactamente, chaval. Quiero saber si tienes aletas para poder hundirte. Veamos… Primera pregunta: ¿por qué quieres ser un alcohólico? Me parece fundamental conocer tu motivación.

Antoine meditó, frotándose la frente. Miró a los demás clientes del bar y le pareció que encajaban perfectamente con el entorno. Tenían todos como un aire de familia, porque aunque no se parecieran, estaban hechos todos de la misma materia triste.

—«La causa del alcoholismo es la fealdad, la desconcertante esterilidad de la existencia tal como se nos vende.»

—¿Es una cita? —preguntó Léonard echándose todo el bloody mary al coleto.

—Sí, de Malcolm Lowry.

—Una pregunta, chaval: cuando vas a comprar pan, ¿le citas a Shakespeare a la panadera? «Comprar cruasanes de mantequilla o bollos de chocolate, ahí está el problema.» Preferiría que hablases tú, en vez de invocar a un jodido gran escritor. Si quieres mi opinión, descolgarse con citas es muy fácil, porque hay tantos grandes escritores que han dicho tantas cosas que así no has de molestarte en expresar una opinión personal.

—Bueno, pues, vamos a ver, soy pobre, no tengo futuro… Y sobre todo pienso demasiado, no puedo evitar analizar e intentar comprender cómo es que aguanta y funciona este tinglado en que vivimos, me entristece profundamente ver que no somos libres y que cada pensamiento, cada acto libre se hace a costa de una herida que no se cierra.

—Tú eres un poeta, chaval: quieres decir que estás deprimido…

—Es mi estado natural, llevo veinticinco años deprimido.

Léonard propinó a Antoine una amistosa palmada en el hombro. Entró un cliente y se sentó a una mesa donde un grupo jugaba a las cartas. El hombre pidió un café y una copa de calvados. El dueño encendió la radio para oír las noticias de las nueve.

—Pero es que eso no va a curártelo el alcohol. Puedes quitártelo de la cabeza. Sí, te mitigará las penas, pero te dará otras, puede que peores. No podrás prescindir del alcohol, y aunque al principio sientas una euforia, un placer al beber, ese placer desaparecerá muy pronto para dar paso a la tiranía de la dependencia y del mono. Tu vida se transformará en brumas, estados de semiinconsciencia, alucinaciones, paranoia, ataques de delirium trémens, violencia contra tus allegados. Tu personalidad se disgregará…

—¡Pero si eso es lo que quiero! —exclamó Antoine golpeando la barra con su puño menudo—. Ya no tengo fuerzas para ser yo, ni valor, ni ganas de tener algo semejante a una personalidad. Una personalidad es un lujo que me sale demasiado caro. Quiero ser un vulgar espectro. ¡Estoy harto de mi libertad de pensamiento, de todos mis conocimientos, de mi maldita conciencia!

Léonard, tras apurar la copa de oporto, hizo una mueca. Permaneció pensativo, con la copa en alto, mirándose en el espejo oculto en parte por las botellas. Conforme apuraba las copas, se derrumbaba un poco más en la barra, se le achicaban los ojos, al tiempo que sus gestos se hacían menos temblorosos, más amplios y fluidos. Como última pregunta del «examen», le pidió a Antoine que adivinase por qué había alineado en la barra once copas de diferentes alcoholes.

—¿Para que no haya celosos? —contestó instantáneamente Léonard.

—Para que no haya celosos… —murmuró Léonard sonriendo y golpeteando suavemente una copa contra la barra—. ¿Podrías ser más concreto?

—Quizá así les rinde un homenaje de igualdad a todas esas clases de alcohol. No le gusta a usted exclusivamente la cerveza o el whisky escocés; sería lo más sectario del mundo: le gusta el alcohol en todas sus variedades. Es usted un enamorado del Alcohol con A mayúscula.

—Nunca lo había visto así, pero… sí, estoy de acuerdo. Pues mira, Antoine… Creo que sí que vas a estar capacitado, puede que la naturaleza en su gran misericordia te haya concedido el don. Pero debo advertirte de todos los inconvenientes que eso te va a suponer. Vomitarás con frecuencia, tendrás acidez y un nudo en el estómago, jaquecas de toda índole, oftálmicas, cerebrales, dolores en las cervicales, en los músculos y en los huesos, frecuentes diarreas, úlceras, molestias en la vista, insomnios, calores repentinos, ataques de angustia. Eso te ofrecerá el alcohol por un poco de calor y estímulo, tienes que ser consciente de ello.

Entraron dos nuevos clientes. Estrecharon la mano al dueño y saludaron a Léonard. Se sentaron a una mesa que quedaba al fondo del bar, encendieron la pipa y se tomaron una cerveza, compartiendo las páginas de Le Monde. Antoine miró a Léonard con sus ojos francos; como siempre, estaba muy tranquilo, muy seguro de su decisión. Se revolvió el pelo con la mano.

—Eso es lo que quiero, quiero otro tipo de padecimientos, males reales, manifestaciones físicas de un comportamiento concreto. La causa de mis males será el alcohol; no la verdad, el alcohol. Prefiero una enfermedad que cabe en los límites de una botella a una enfermedad inmaterial y todopoderosa a la que no puedo ponerle un nombre. Sabré la causa de mis dolores. El alcohol ocupará todos mis pensamientos, llenará cada uno de mis segundos como si fuesen copitas…

—Acepto —dijo Léonard tras acariciarse la barba—. Consiento en ser tu profesor de alcoholismo. Pero seré severo, y te haré currar. Es un aprendizaje a largo plazo, casi una ascesis.

—Gracias, gracias de todo corazón —contestó pausadamente Antoine estrechando la seca y rasposa mano del alcohólico.

Léonard levantó la mano y chascó los dedos para llamar al dueño, que estaba leyendo Le Parisien junto a la caja, en la otra punta de la barra.

–¡Roger, una caña para el chaval! –El dueño depositó la cerveza ante Antoine–. Gracias. Empezaremos poco a poco. Esta cerveza tiene cinco grados, pasará solo, tienes que habituar a tu paladar, acostumbrar a tu hígado bisoño. Uno no se hace alcohólico agarrando una curda todos los sábados por la noche, para serlo se requiere perseverancia y constancia. Beber todo el tiempo, no necesariamente cosas fuertes, pero hacerlo con seriedad, con mucha aplicación. La mayoría de la gente se vuelve alcohólica sin método, beben cantidades industriales de whisky, de vodka, se ponen enfermos, y luego vuelven a beber. Si quieres que te dé mi opinión, Antoine, son idiotas. ¡Idiotas y aficionados! Uno puede perfectamente ser un alcohólico echándole más inteligencia, manejando con sabiduría las dosis y el grado de alcohol.

Antoine contemplaba el vasazo de cerveza coronado de espuma blanca; a través de ese prisma, todo era dorado. Léonard se quitó la gorra y se la encasquetó a Antoine.

—Venga, muchachote, tranquilo, que ahí no te vas ahogar.

—¿Tengo que bebérmela de un tirón —preguntó Antoine, una pizca intimidado— o a sorbitos?

—Eso ya depende de ti. Si te gusta el sabor, y no quieres agarrarla muy rápido, tómatela a sorbitos, saborea bien este néctar de lúpulo. Si no, si te parece demasiado asquerosa, te bebes el vaso de un tirón.

Antoine, tras husmear el líquido y pringarse de espuma la nariz, empezó a beber. Hizo una mueca, pero continuó vaciando el vaso.

Cinco minutos después, se detenía una ambulancia, derrapando en la acera frente a El Capitán Elefante. Dos enfermeros provistos de una camilla irrumpieron en el bar y se llevaron a Antoine en pleno coma etílico. El vaso de cerveza seguía medio lleno en la barra.