Capítulo
3: Una noche de estreno
Pierre sólo me había dicho que
iríamos a Burdeos, a casa de una pareja mayor que nosotros. Esta primera
experiencia de iniciación al sadomasoquismo tendría lugar en el interior de un
sótano abovedado especialmente acondicionado para tal efecto.
Hasta entonces me había limitado a
presentir mi gusto por el sadomasoquismo sin saber dónde me llevaría aquello
con Pierre. Antes de conocerlo, mis relaciones habían sido muy clásicas. Lo
ignoraba todo en ese terreno y sentía tanta aprensión como curiosidad.
Después de un trayecto que me
pareció interminable, llegamos a Burdeos. Los cruces y los semáforos se
sucedieron hasta que por fin el coche se adentró en una calle tan estrecha que
me hizo pensar en uno de esos callejones peligrosos donde jamás me habría
atrevido a aventurarme sola. Tenía tanto miedo que me eché a temblar. El
corazón me latía con fuerza y tenía la respiración alterada. Pierre detuvo el
coche delante de un portal austero donde nos esperaba un hombre de estatura imponente.
Apenas si había tenido tiempo de reprimir mi angustia cuando me encontré frente
al coloso con los ojos vendados. Mi Amo me ató las manos a la espalda y un puño
enérgico y brutal ciñó mis débiles brazos con férrea autoridad y me condujo a
una habitación que imaginé minúscula y sumida en la oscuridad más absoluta, una
especie de antecámara donde esperé largo tiempo, media hora o más, en un estado
de angustia y de extrema excitación. De pronto entró alguien y me arrancó de mi
entorpecimiento. Me empujaron hacia una escalera que adiviné tortuosa y me
invadió un olor a tierra húmeda. La escalera descendía a un sótano que exhalaba
el olor característico del moho. Era un auténtico sótano, la clase de lugar que
debe gustarle a una esclava.
Una voz me ordenó que me
presentara y me dispuse a obedecer en el acto. Con ese propósito me desataron
las manos y me abrí de piernas arqueando las nalgas tal y como mi Amo me había
indicado para ofrecer con la mayor indecencia posible el espectáculo de mi
partes íntimas, que nadie había visto todavía de esa guisa. Me volví muy
despacio para que todos los espectadores pudieran apreciar mi obediencia.
Seguía sin ver nada y el miedo me atenazó de repente. El espacio se llenaba de
voces sin que pudiera decir a cuántas personas pertenecían. Cinco o seis, tal
vez más.
De repente un dedo forzó con
brusquedad mis nalgas y me penetró con violencia. Sorprendida por el dolor,
reaccioné con insolencia tratando de escapar del dedo que persistía en su
voluntad de penetrarme. El que me violaba de ese modo, sin preparación alguna,
me amenazaba con dureza. Volví a desobedecer, intentando soltarme con una serie
de movimientos desordenados con los que conseguí por fin liberarme.
Sobrevino entonces un largo
silencio perturbado únicamente por unos murmullos cuyo sentido me esforzaba yo
en vano por descubrir. Sin que estuviera en mis manos defenderme, sentí que me
levantaban del suelo y que me ataban a la fuerza los pies y las manos a una
cruz. En esa postura que favorecía el examen de mi cuerpo, el dedo se hundió de
nuevo en mi ano, arrancándome un auténtico grito de horror y dolor del que aún
hoy sigo me avergüenzo. Arqueé el cuerpo con todas mis fuerzas y el dedo se
retiró con la misma brutalidad con que había entrado. Entonces vino a pasearse por
mis labios, que separó y abrió para impregnarme la boca con el sabor acre de mi
cavidad. No pude reprimir una naúsea de asco cuya causa principal era la
humillación que sentía. Tal era mi repugnancia que me sentía dispuesta a
renunciar a todo y huir. A pesar de todo, abandonada en aquella postura
infamante, tomé conciencia de mi falta de disciplina. Apenas si habían
transcurrido cinco minutos desde mi llegada y no tenía el menor derecho a
dejarme llevar por el miedo, por más insoportable que le pareciera todo aquel
ritual a la pobre e inexperta esclava que yo era por aquel entonces. La
posibilidad de que mi Amo se sintiera dolido y descontento de mí me hizo
someterme y traté de calmarme como buenamente pude, imponiéndome una
inmovilidad absoluta.
Tras una larga espera que volvió a
ponerme los nervios de punta –aunque esta vez no dejé traslucir nada,
prohibiéndome el menor movimiento- me quitaron la venda que me cegaba.
Vi entonces a una joven sumisa que
apenas sería mayor que yo. Alguien la llamó “Número 7” sin que jamás llegara a
saber por qué. Parecía al borde del agotamiento y al examinarla con más
atención no pude por menos de observar que tenía un cuerpo perfecto y un rostro
delicado y angelical.
Un hombre cuyo rostro no pude ver
se dirigió a ella tildándola de “saco de lefa”. Más tarde me enteré de que
estaba allí en calidad de receptáculo del semen de los amos y que tenía la
obligación de recibirlos por todos los orificios previstos por la naturaleza
sin protestar ni exteriorizar siquiera sentimiento alguno. Era una mujer
rebajada al rango de objeto mudo y servil.
A pesar de todo me di perfecta
cuenta de una cosa que dejaba indiferentes a los demás participantes. Número 7
estaba al borde de las lágrimas y sus bonitos labios temblaban de emoción.
Fue entonces cuando uno de los
hombres, acariciándole la hermosa nuca que se arqueaba bajo la caricia, le
murmuró al oído que tenía que utilizar como le viniera en gana a la bella y
joven virgen que yo era todavía.
Yo no tenía entonces la menor
experiencia homosexual y la idea de mantener relaciones físicas con una mujer,
aunque fuera joven y bonita, me inspiraba cierta repugnancia. Ella se echó a
llorar de forma inexplicable, como si la mano del amo hubiera desencadenado los
sollozos que ahora sacudían su frágil cuerpo de mujer sometida a los caprichos
de los hombres. Su aspecto era
lastimoso y el sufrimiento que pude leer en ese momento en su mirada calmó mi
angustia, de forma que yo también me puse a llorar y ambas derramamos amargas
lágrimas, la una frente a la otra, ofreciendo un espectáculo tan insólito como
intolerable para los amos exigentes.
Número 7 pareció calmarse.
Rápidamente recobró una actitud más digna y ocultó sus emociones hasta el final
de la velada. Tras su partida con un hombre que la tomó por el brazo, me
encontré sola, hostigada por la culpa y con el terrible sentimiento de haber
cometido una falta imperdonable que me privaría, quién sabe si para siempre, de
la consideración y del amor de mi Amo.
Mi penitencia en aquel húmedo
sótano se prolongó más de tres horas y mi desasosiego y mi miedo no dejaron de
ir en aumento. Fueron tres horas dolorosas y aterradoras en cuyo transcurso mis
únicas perspectivas eran el deshonor, tal vez la muerte. Deliraba. Un hombre se
acercó entonces a mí y me habló con suavidad. Sus murmullos consiguieron
tranquilizarme. Amo Georges se mostraba paciente y ansioso por conocer mis
experiencias y mis motivaciones. Cuando descubrió que aquélla era mi
iniciación, tuvo la bondad de manifestar su comprensión hacia mi actitud y de
prometerme que no se me impondría
castigo alguno.
A continuación me permitió descansar. Hizo que me estirase
en una especie de sofá bajo donde acabé de recobrar la confianza en mí misma. Y
cuando, pasado mucho tiempo, volvió a buscarme, mis dudas y mis temores se
habían apaciguado.
Este principio de iniciación no
dejó de tener repercusiones en el humor de Pierre, para quien la perfección más
escrupulosa en el sometimiento y la obediencia que sus esclavas debían mostrar
en cualquier circunstancia revestía una gran importancia. Sabía que tenía fama
de ser inflexible y que, por esa razón, era muy solicitado por los buenos y
auténticos amos experimentados que siempre se rodean de compañeros duchos en
estas lides.