«Había que disfrutar sin tabúes,
había que abrirse a experiencias nuevas, hacerse el estrecho estaba fuera de
lugar cuando el mundo era allí, en California, un mundo maravilloso.» ¿Qué hay
de real en esa California de gente ociosa, jóvenes ardientes, estrellas de
serie B, guateques desaforados y desayunos con diamantes vivido por un español
de los setenta, con un físico de campeón de remo?
La California de la novela es,
desde luego, una California mítica: días soleados, noches cálidas, gente joven
y guapa y semidesnuda a todas horas, sexo y diversión incansables, alegría de
vivir, el glamour de Hollywood y todo el mundo soñando sin parar con el éxito
que tuvo o que confía en tener sólo por la cara bonita. A fin de cuentas, así
son también los espejismos de la juventud, incluido el de tener cuerpazo de
remero.
Pero no deja de ser una California
recordada. Es decir, nace de experiencias reales, de acontecimientos vividos,
de personajes y paisajes conocidos, pero todo ello gobernado por los raros
poderes de la memoria. Y por las ocurrencias de la ficción, claro. Por consiguiente, todo lo que en la primera
parte de la novela aparece – la geografía, las calles, los edificios, las
estrellas de cine y los cantantes, las películas y las canciones... -, aunque
tenga, en muchos casos, nombres tan verdaderos, hay que considerarlo fruto de
la invención.
Y algo parecido ocurre con el
lenguaje en esa primera parte: un lenguaje, en gran medida, entre documentado e
inventado, mestizo, cualquier cosa menos convencional, e insumiso – me temo –
incluso a las normas y recomendaciones de esa nuevo Diccionario Panhispánico
que han parido recientemente las Reales Academias de la Lengua. Es decir, se
trata de un lenguaje también típicamente joven.
«Si con veinte años no quieres cambiar el mundo es que no tienes corazón». Charly no sólo no quiere cambiarlo sino que no tiene la menor queja contra él. ¿Es un egoísta por no haber ayudado a su amigo Luisito Soler, comprometido con la lucha antifranquista?
Charly es un botarate desaprensivo que sólo quiere pasárselo bien y no tiene ningún reparo en burlarse de los catetillos de su edad, o de la edad que sea, “metidos en política”. Tiene la suerte de ser homosexual y de que un americano carrocilla se enamore de él. Eso es lo que le permite viajar, disfrutar la buena vida, cancanear sin problemas, escapar de aquel Madrid mediocre en el que lo único interesante que pasaba era que estaba empezando a morirse Franco, y en el que tampoco los luchadores antifranquistas le habrían admitido en sus filas por ser gay. Quizás tenga un poco de mala conciencia por dejar en la estacada a su amigo, y desde luego no le falta buena voluntad, pero ha decidido que la solidaridad bien entendida empieza por uno mismo. En cualquier caso, cuando Luisito Soler cambie tanto y se haga tan de derechas, como tantos otros, Charly no se permitirá criticarle. Charly no es que sea egoísta: es extraordinariamente comprensivo con las debilidades humanas, empezando por las suyas.
«Todo el mundo tiene derecho a cambiar, también a mejor.»
¿Qué ha cambiado entre el Charly de 1974, «un vivalavirgen facilón y
fantasioso», y el Carlos responsable y comprometido y de pareja estable de
2003?
El lugar común asegura que todos,
cuando éramos jóvenes, fuimos idealistas, entusiastas, audaces, comprometidos,
y que con la edad lo que hicimos fue sentar cabeza, ganar en sensatez, hacernos
razonablemente descreídos y pragmáticos, y dejar las ganas de cambiar el mundo
en manos de la juventud, siempre tan encantadora. Al narrador de California le
ocurre justo lo contrario. El también cambia con la edad, pero a mejor. El compromiso le llega con la madurez. A fin
de cuentas, es homosexual y eso, en principio, es lo que le hace ser consciente
de las injusticias y le lleva, después, a ponerse a favor de todos los
perdedores. Y llegado el momento, se la juega. A su edad, Carlos ya tiene cosas
que perder: un buen empleo, un buen sueldo, la estabilidad sentimental...
Entonces sí que de verdad comporta riesgo querer que al menos algunas cosas
cambien en el mundo.
En la segunda parte de la novela se produce un cambio de registro: aparecen las reuniones de dirección en una multinacional, las asociaciones y publicaciones gay, y los conflictos laborales, como el «caso Peralba», además de algunas historias terribles y emotivas como la de Enrique y Celso... Sólo la noticia de la aprobación del matrimonio homosexual parece poner una nota optimista. ¿Qué ha cambiado y qué falta por cambiar en este país con respecto a los derechos del colectivo homosexual?
La primera parte podría ser casi un homenaje a Truman Capote y a sus textos mundanos, y la segunda parte es casi una reivindicación de la novela social. Es cierto que en la segunda parte todo cambia, empezando por el tono general de la escritura, pero todo, incluido el lenguaje, está de algún modo conectado con lo que se ha narrado y expresado en la primera parte. Hay un juego constante de simetrías, de paralelismos y contrastes que no he querido subrayar en exceso, para que no resultara demasiado artificial, pero que espero funcione en el ánimo del lector. La madurez del narrador le da la vuelta a todo. Y, desde luego, el optimismo exuberante y narcisista de la primera parte se convierte, si no en pesimismo, sí al menos en conciencia crítica y espíritu combativo, a pesar del batacazo final. En cuanto a la tercera parte, pese a todos los pesares, creo que resulta esperanzadora.
Por lo que respecta a los derechos
del colectivo homosexual, la verdad es que casi todo está todavía por
conseguir. Podrá pensarse que se ha avanzado mucho, pero casi todo permanece
aún en el terrero de la condescendencia. Es cierto que en lo que se refiere
a la visibilidad se ha dado un paso de
gigante, que la atmósfera social parece ya muy respirable para los homosexuales,
pero muchas veces basta con escarbar un poco para que enseguida broten los
viejos prejuicios, las viejas intolerancias, las viejas injurias. De acuerdo,
ahí están fenómenos como Chueca, que es sin duda un barrio magnífico, pero de momento tiene un lado que se parece
demasiado a Disneylandia.
Por cierto, ¿dónde estaba Eduardo Mendicutti en 1974? ¿Cómo
era con 25 años?
Estaba en el último curso de carrera. A principios de ese
año, después de haber ganado en diciembre del año anterior el premio Sésamo de
novela corta, gané el premio Café Gijón.
No estaba en absoluto metido en política. Tenía un aspecto estupendo. Y,
en verano, anduve por California: Los Ángeles, San Diego, el Winner´s Cicle
Lodge de Del Mar... Aún no pensaba en
escribir una novela sobre todo aquello, sólo pensaba en pasármelo bien.
California:
Charly es un
joven español de veinticinco años que, según algunos, se parece a Johnny
Weismuller, y que está pasando el verano de 1974 en California. Ansioso
por disfrutar del esplendor y glamour californiano, acompaña a
celebridades como la caprichosa y endiosada cantante Ynka Pumar, aprovecha la
devoción del agente de actores Armando Hern para sacarle algún provecho
económico a sus encantos, participa en películas porno y asiste a fiestas exuberantes
y disparatadas. Se lo pasa tan bien que no tiene el menor interés en cambiar
el mundo; no «tiene corazón»...
Años después, Charly es ya Carlos,
ocupa un puesto importante en una gran empresa, filial de una multinacional
estadounidense, y mantiene una relación estable con Álex, un joven y ambicioso broker.
Como él mismo dice, «todo el mundo tiene derecho a cambiar, también a mejor».
Ahora, lejos de «tener cabeza», es un hombre progresista, solidario y
comprometido y, ante una injusticia que está a punto de cometerse contra un
empleado de su empresa, decide arriesgarlo todo y actuar.



El jurado del VII PREMIO TUSQUETS EDITORES DE NOVELA, presidido por Juan Marsé, integrado por Almudena Grandes, Juan Gabriel Vásquez, Rafael Reig y, en representación de la editorial, Beatriz de Moura, acordó por mayoría otorgar el premio a la obra Años lentos, de Fernando Aramburu (presentada con el seudónimo de Río Lippe).

El fundamentalista reticente, llevada al cine